El deseo crecía entre nosotros como una flor en los jardines de fuego que eran nuestros cuerpos. El sol nos iluminaba con tal fuerza que he sentido sus candentes dedos rodeando mi cuerpo con fiereza.Pero solo ha sido una ilusión pues cuando el sol comenzó a brillar con fuerza y la noche desapareció, la pación entre nosotros termino y huimos del sol cual libres de los ojos de un arcón. Curiosa me asomé por una de las enormes piedras que nos protegían, quería ver aquella estrella luminosa de la que tanto hablaban nuestros padres, quería verlo aunque fuera solo por unos instantes… pero entonces sentí su firme mano jalándome hacia las sombras de la piedra y cuando lo mire a los ojos vi el reproche absoluto pintado en ellos.
-¿Pero es que estás loca?- Dijo él con tono severo- Sabes de sobra que el sol te mataría.
No se lo iba a negar, el lo sabía mejor que nadie y eso podía saberse fácilmente por su terrible cicatriz en el rostro que a pesar de ella no desfiguraba en lo más mínimo sus atractivas facciones.
-Vallamos a dentro- dijo mirando con desconfianza a sus alrededores- Antes de que el sol alcance este lugar y los hombres vengan a casarnos.
Tomo mi mano y lo seguí sin vacilar un solo instante. “Hombres” Aquella simple palabra provocaba un terror espantoso en mi interior, incluso un terror más grande al que me provocaba la idea de exponerme a la luz del sol. La manera en que lo decía él era tranquilizadora como si los “hombres” no supusieran ninguna amansa para nosotros, pero cualquier gente de las cuevas que dijera esa palabra no escondía el terrible dolor, ni la insoportable desesperación que provocaba en nuestros corazones. Quizá se debiera a que él aún estaba firmemente seguro de que no todos los humanos eran iguales. Mientras corríamos por el bosque de pinos altísimos, escuchamos a lo lejos las pisadas de los animales que llevaban en sus lomos a los hombres que buscaban el placer en nuestros cuerpos acecinados. -¡Corre!-Grito él con fuerza- ¡Debemos alertar a los otros!-Y así fue.
Cuando llegamos a las cuevas dimos la alarma y todos corrieron a las profundidades laberínticas de la cueva. Incluso los más pequeños eran más veloces que un adulto humano, pero los humanos eran crueles y en ocasiones nadie podía huir de sus atrocidades por más rápido que se corriera.
-Te amo- dijo él en cuento nos vimos obligados a separarnos en las cuevas por seguridad. Aquellas palabras me llenaron de valor. Los humanos presumían de sentir cosas como aquellas, pero yo dudaba de que fuera cierto.
-En ocasiones incluso las bestias más atroces pueden llegar a sentir amor por alguien-Decía él cuando yo le expresaba mis dudas al respecto y yo no sabía que responder ante aquellas palabras.
Una hembra llamada Díne Tomo mi brazo con fuerza mientras me obligaba a correr a esconderme. Pronto nos encontrábamos en nuestros refugios más recónditos, esperando así que los hombres no pudieran encontrarnos, pues después de todo ellos no conocían las cuevas y no se atrevían a perderse en lo que parecían laberintos infinitos que todos nosotros conocíamos a la perfección.
-¿Crees que vendrán por nosotros madre?-Pregunto una niña hembra a su madre en la oscuridad.
-No cariño, pero ahora debes callar- Dijo su madre y la niña obedeció de inmediato. Pronto escuchamos los pasos de aquellos a quienes odiábamos. Los sentimos escudriñando en la oscuridad de nuestro ahogar ciegos ante lo que se ocultaba más allá, pero nosotros los veíamos perfectamente, ni la oscuridad más penetrante podía evitar que los viéramos.
-Aquí no hay nada- Dijo uno de ellos. Su voz era demasiado fuerte y calo nuestros finos oídos como cuchillas- ese estúpido de Jorge no hace más que parlotear de las cuevas diciendo que ha visto a esos asquerosos merodeando por aquí. Es solo un hablador como muchos en estos tiempos- Escudriñó una vez más la oscuridad de la cueva- Vamos muchachos, aquí solo nos hacen perder el tiempo.
No fue hasta que dejamos de oír sus pasos a lo lejos, cuando nos aventuramos a salir de nuevo de nuestros húmedos y oscuros escondites. Madres se encontraron con sus hijos y las parejas volvieron a encontrarse, entre ellas él y yo.
-¿Estás bien?- Me preguntó preocupado en cuanto me vio.
-Si estoy bien, aunque un poco preocupada. Cada vez son más hombres los que vienen a esta cueva a explorar y gracias a ellos tendremos que irnos de aquí a otro lugar.
-No hará falta eso, la cueva es gigantesca y laberíntica como el hogar de un ratón, jamás nos encontraran en las profundidades de sus galerías.
Quería confiar en sus palabras, pero aún así algo me decía que las cosas empeorarían más pronto de lo que creíamos. Sin embargo no dije nada más pues la alegría de que nos viéramos de nuevo era mayor que cualquier cosa. Cada vez que los hombres entraban a la cueva temía con no volver a verlo nunca más, y ese miedo era remplazado por una alegría incontrolable en cuento lo veía después de algún “episodio” como aquel. Me abalancé a sus brazos sin pensarlo un solo segundo más.
-Tranquila- dijo él con su cálida voz susurrante- Ya verás que las cosas mejoraran, te lo prometo.
-Yo no estoy tan segura de ello- Dije en un susurro apenas audible para nuestros finos oídos, pero aún así me escucho.
-Debes confiar un poco más en las cuevas- dijo él- debes de aceptar que no estamos abandonados del todo. Una lágrima rodo por mi mejilla sin que yo lo pudiera evitar.
Tenía que admitir que eso era algo en lo que nos parecíamos mucho a los humanos: las lágrimas, eran a veces la única forma de expresarnos dentro de las cuevas.
-Tranquila-dijo él con todo el amor del que era capaz de expresarse- Se lo mucho que te afecta la idea de perder a alguno de nosotros, pero ya verás que eso no sucederá, todo estará bien, todo estará bien.
Así estuvimos un buen rato abrazados hasta que pronto vimos que muchos se iban ya a las profundidades de las cuevas a dormir, donde el sol no podría alcanzarnos.
-Debemos descansar, nos espera una larga noche de caza y debemos tener fuerzas para correr si alguno de ellos grita- Por un momento su voz destilo odio, un odio extremadamente intenso para tratarse de alguien tan pacifico como él. Nunca acertaba adivinar si odiaba a los humanos o los amaba a pesar de todo. Era una duda que vivía permanente mente en mi cabeza.
No podía dormir, el día me ponía nerviosa a pesar de que no lo veía en la profundidad de las cuevas. Sentía que en cualquier momento alguno de aquellos hombres irrumpiría en nuestro hogar y nos atraparían a todos sin salida. Escuchaba la suave respiración de los demás como una cálida canción de cuna, pero por más que trataba de arroyarme con aquellas dulces respiraciones, el miedo regresaba a mi corazón manteniéndome alerta con el corazón latiéndome con fuerza.
-No puedes dormir ¿Cierto?- La voz de él era apenas un susurro pero basto para sacarme de mis tétricos pensamientos- Anda ven más cerca de mi- Dijo atrayéndome hacia él con sus fuertes brazos- Pronto oscurecerá y podremos salir a cazar… ¿Estás segura de querer hacerlo a pesar de que no has dormido casi nada?
-Si- dije yo solamente. -Bien. Ahora trata de dormir un poco aunque sea, yo te protegeré- Y así escuchando el hermoso susurro de su voz poco a poco me fui sumiendo en un sueño no tan profundo pero relajante. Al poco rato escuche el ruido a mí alrededor, de aquellos que ya estaban despertando a la noche.
-¿Ya ha anochecido?- Pregunte a Lugat que aún me abrazaba fuertemente entre sus brazos. -Si- Se limitó a responder. Sabía lo mucho que le desagradaba la idea de salir a cazar, pero también sabía que no podíamos evitarlo…
Una pareja de machos y un joven macho sin padre ni madre nos acompañaron en la caza. El joven había perdido a sus padres a causa de los humanos y esa era la razón principal de que cazar le produjera una excitación incontrolable. La pareja de machos había llegado a las cuevas hacía ya bastante tiempo, pero su llegada había traído malas noticias con ellos pues habían pertenecido a otro grupo que había sido acecinado por completo siendo ellos los únicos sobrevivientes de aquella terrible catástrofe. Pero ellos al contrario del chico, no buscaban venganza de aquellos que habían matado a sus congéneres y todos ignoraban la razón. Todos en las cuevas sabíamos el amor que se profesaban entre ellos y habían tratado de cuidar del chico sin padres, pero éste llegaba casi a la edad adulta así que después de un tiempo el joven se separo de ellos, manteniendo aún así un vinculo con ellos.
Era un largo camino desde las cuevas a la primera provincia humana, pero aún así al llegar ahí sobraba mucho tiempo para alimentarse.
Las luces apagadas y las respiraciones quedas por el sueño eran un perfecto camuflaje que nos permitía estar tranquilos y buscar a la presa perfecta. Aunque después de todo sabíamos que el hombre ya había aprendido a cuidarse mejor de pérdidas humanas y en cada uno de los lugares donde habitaban había por lo menos dos centinelas a la entrada del pueblo que miraban hacía el bosque y avisaban con increíble rapidez a todos los habitantes. Por eso uno tenía que andar con cuidado de pasar desapercibido. A mi lado note la tención de Lugat cuando divisamos la entrada al hogar de los humanos. Tome su mano y lo bese antes de abandonar la seguridad de los árboles.
-Estoy cansado de esto- Me dijo cuando estábamos apenas a unos pasos de la frontera (que ni humanos ni habitantes de las cuevas respetaban)- ya no quiero hacerlo.
-Pero si no lo haces morirás- replique.
Me miro fijamente y después me beso con fuerza encendiendo fuego entre nosotros una vez más. Y así con el fuego ardiendo en nuestros ojos como nuestro propio sol, nuestros cuerpos excitados ante las provocaciones de ambos y nuestras caricias seductoras, nos abalanzamos ante el festín que la sangre nos ofrecía, haciendo lo mortificante en algo impregnado de erotismo mientras la sangre que bebíamos bañaba nuestros rostros…